Nos espera en un rincón especial de su casa. Allí lo encontramos con todo lo que un melómano puede soñar. Paredes decoradas con su colección de discos, un equipo de sonido impresionante y una tentadora barra a la que, por obvias razones, sólo nos conformaremos con observar.
Habla con una envidiable chispa chalaca de 68 años de vida. Los recuerdos de la época gloriosa de El Sabroso' a ratos lo ponen nostálgico. "Nosotros fuimos los primeros en difundir los discos que· fueron la transición del mambo a la salsa (esta última todavía no llevaba ese nombre). Las canciones de Mon Rivera, Machito, Tito Puente, Tito Rodríguez o loe Cuba las pedían todo el tiempo , nos dice.
Eran fines de los cincuenta y los discos se escuchaban en pick up. Sin embargo, el sonido se podía mejorar. Don Lucho decide comprar una vitrola. Eso le daría mayor fidelidad y acústica. "Mi música se oía en todo el barrio de la calle Constitución. Lo que hasta ahora me sorprende es que los vecinos nunca se quejaron. Al contrario, enviaban a sus hijos a pedir tal o cual canción. Debe haber sido por la idiosincrasia tan musical que tiene el chalaco".
"La gente esperaba desde temprano, pues la mayoría trabajaban en los muelles. Si me demoraba se iban a la tienda de un japonés ubicada enfrente y, cuando me veían que abría, se cruzaban a mi local. Era una cosa impresionante".
Pa' Bravo, yoEn cuestión de baile sí había que tener cuidado. Rospigliosi señala que cuando la fama de "El Sabroso" llegó a otros barrios de Lima, empezaron a concurrir bailarines de La Victoria y Barrios Altos. "Existía mucho respeto por la gente del puerto. Los líos se arreglaban a puño limpio. Además, cuando una reunión no terminaba con bronca parecía que faltaba algo".
A fines de los sesenta e inicios de los setenta cuando el nombre de "salsa" empieza a comercializarse, el Callao ya la había adoptado como suya.
Los exitosos discos de Fania Records ocuparían un lugar especial en la vitrola de don Lucho. Jhonny Pacheco, Ray Barretto, Ismael Quintana, Héctor Lavoe y Cheo Feliciano eran los invitados cotidianos del local. La magia del disco rompía las fronteras y, por unas horas, el Callao parecía convertirse en sucursal de las calles más duras de Nueva York.
Rospigliosi tuvo que ampliar el local. "Improvisé un altillo pero por poco tiempo, pues casi todas las noches, producto de las grescas, un cliente era arrojado al primer piso", agrega sonriendo.
La conversación sigue. Don Lucho, a través de sus palabras, parece resucitarnos a su mítico restaurante. No hay un fondo musical pero nuestra imaginación busca refugio en los trombones de Barry Rogers o Willie Colón.
A estas alturas, Rospigliosi, el patriarca de la salsa, nos habla de su amistad con los bravos del ritmo caliente. Nos cuenta la ocasión en que viajó a Nueva York y departió con los músicos de La Sonora Matancera, Graciela Grillo, Mario Bauzá, Mon Rivera y Vicentico Valdés. "Era joven como tú, mi fanatismo estaba en todo su esplendor y conocer a esa gente fue lo máximo. Esas satisfacciones y mi familia han hecho muy feliz mi vida".
Pero, como dice Héctor Lavoe, todo tiene su final y nada dura para siempre. El Sabroso, luego de haber transitado por varios locales del Callao, cerró sus puertas. "Nada puede ser como ayer y la historia no la podrán cambiar. Siento orgullo que mi local haya sido el primero en traer la salsa al Perú y a mi querido Callao".
Actualmente, don Lucho sigue en su salsa y nos aclara: "Todavía estoy vigente, vivo con mi música y este rincón es para mis amigos". La conversación concluye. Don Lucho se para, coge un disco y nos lo obsequia. Le pedimos el autógrafo, sonríe y lanza ese grito de batalla que ha dado la vuelta al mundo: "Chimpún. . .Callao. . .". Nos despedimos, miramos de reojo nuevamente su santuario musical y le prometemos regresar. Así sea.
Lavoe es como el Boys